sábado, 19 de mayo de 2012

El origen de la guerra en la Prehistoria: un acercamiento arqueológico



Indagar el origen de los enfrentamientos bélicos en el pasado, en el seno de las sociedades prehistóricas, es una tarea ardua y espinosa, ya que a la habitual precariedad de evidencias arqueológicas además hay que sumarle la dificultad de diferenciar entre los episodios de violencia individual, más o menos palpables en los fósiles del registro arqueológico, de los primeros actos que pueden entenderse como actos de guerra. Por ello hemos de comenzar acotando los términos con los que podemos definir la guerra. Una cuestión sustancial en el concepto de guerra es la discusión acerca de su carácter cultural, es decir, que surge como un fenómeno social en un momento histórico como consecuencia de un desarrollo económico, social y cultural importante, o por el contrario, como defienden algunos autores, la guerra está latente en nuestro bagaje biológico, y una primera expresión de esa biología guerrera se formularía en la caza. Sin embargo, las pruebas arqueológicas y etnográficas existentes parecen desechar esta posibilidad, ya que existen sociedades que no han conocido ni conocen la guerra en su seno, por lo que habría que caracterizarla como un hecho social que responde a cuestiones materiales.

Pero comencemos por definir lo que hemos de entender por guerra. En primer lugar es un enfrentamiento entre un grupo significativo de individuos, ya sean individuos miembros de un misma etnia o grupo social o de otros diferenciados. Esa violencia tiene que estar desasociada de los brotes de violencia cuyos factores desencadenantes tienen raíces más o menos personales. El origen de la guerra tiene un componente político en su sentido más amplio, los primeros enfrentamientos bélicos emergen por el control del territorio de los primeros grupos humanos que desarrollan un proceso de patrimonialización de ese territorio y que se veían amenazado ese territorio por la presión demográfica. Asociado a este proceso o más bien como consecuencia de esto se estable una lucha por el acceso a los recursos de esos territorios, lo que provoca lo que se conoce como sobrepoblación ecológica.

¿Origen paleolítico o neolítico?

Existen dos posturas encontradas a la hora de definir en qué momento de la Prehistoria se producen los primeros comportamientos violentos asociados a la guerra. Por un lado están aquellos investigadores que defienden un origen paleolítico de la guerra como desarrollo último de la caza, y por otro, los científicos, influenciados por el materialismo marxista, que asocian la aparición de la guerra con las sociedades complejas del Neolítico y las desigualdades.
Las primeras pruebas de muertes violentas se remontan al Paleolítico Superior (45.000-12.000 BP), incluso existe alguna evidencia durante el Paleolítico Medio aunque estas resultan más discutidas entre los especialistas. La interpretación de las pruebas de ambos periodos como actos de guerra son más que dudosas, aunque algunos autores han querido ver en ellas el origen de la guerra y la evidencia de comportamientos bélicos en las sociedades de cazadores-recolectores, atribuyendo a estos grupos humanos un importante comportamiento bélico, incluso superior al presente en las sociedades modernas. Estos argumentos son bastante débiles y en realidad esconden los prejuicios ideológicos que buscan la justificación de la violencia actual en el pasado, como forma de justificar el orden establecido.

Calco del hombre con arco del abrigo de Olivanas
Veamos algunos de los argumentos esgrimidos. En la frontera italo-francesa se localizan la Cueva de Grimaldi (Liguaria), cuya ocupación más antigua se remonta a hace unos 35.000 años B.P., en ella se documentaron los restos fósiles de un individuo infantil que murió a consecuencia de las heridas provocadas por la punta de un proyectil que se alojó en una de sus vertebras. Ejemplos similares de muertes violentas en que se han recuperado armas incrustadas en fósiles óseos los tenemos en la Cueva de San Teodoro (Sicilia) y en Montfort-su-Lizier (Francia), así como en algunas otras. Por otro lado algunas de las representaciones parietales de las cuevas paleolíticas con figuras antropomorfas han sido interpretadas como individuos heridos por flechas, se citan como argumentación entre otras las cuevas de Combel (Francia), Pech-Merle o Plagicci (Italia).

Abrigo de Olivanas-Arte levantino





Por último arguyen los avances tecnológicos relacionados con la eficacia de las armas que se produce en el Paleolítico, como el propulsor, el arco, las boleadoras o las mazas, las cuales multiplican la fuerza humana. Sin duda, de todos estos avances el más significativo es el del arco, que fue inventado probablemente durante el Magdaleniense (último periodo del Paleolítico Superior). Resulta discutible que todos estos desarrollos técnicos respondiesen a necesidades guerreras durante este periodo, estando sin duda relacionados con las actividades cinegéticas.

El Neolítico

Será en este periodo cuando se puede hablar de un origen indiscutible de las guerras a la luz de las primeras evidencias arqueológicas de enfrentamientos bélicos dignos de recibir ese nombre. En el Neolítico como consecuencia del nuevo sistema productivo se van produciendo una serie de cambios que larvan las condiciones necesarias para el surgimiento de las primeras guerras. Los grupos humanos abandonan el nomadismo o seminomadismo definitorio de las etapas precedentes, creando los primeros poblados y aldeas estables que llevan consigo una territorialización latente de las tierras circundantes, la acumulación de excedentes a partir de la ganadería y la agricultura, así como otros bienes como por ejemplo objetos de adorno a los que se asocia cierto prestigio social, la creación de la religión con dioses que idealizan al ser humano y de las ideologías, son todos factores determinantes para el estallido de las primeras guerras. A este conjunto de factores interrelacionados hay que sumar la explosión demográfica sin precedentes que el mundo experimentó al amparo de la multiplicación de recursos que significó la domesticación de los animales y especies vegetales salvajes. Este crecimiento poblacional incrementó la competencia territorial.

Torre de la muralla neolítica de Jericó


Las circunstancias antes descritas permiten observar un progresivo proceso de militarización sociado a las protociudades neolíticas. De este modo en el registro arqueológico se comienzan a documentar los primeros sistemas defensivos en torno a las ciudades. En el neolítico palestino, desde momentos iniciales aún sin el uso de la cerámica (10.350 a. C. a 9370 B.P.), en la ciudad de Jericó, un asentamiento superior a los 38.000 m², el desarrollo del urbanismo va incorporando la implementación de una gran muralla de piedra y de torreones de carácter defensivo como medida preventiva de los ataques de grupos en busca de las riquezas acumuladas por los agricultores, ganadores y comerciantes de la ciudad. Pero más allá de los ejemplos más espectaculares, en el Neolítico se generalizó el uso de fosos concéntricos en torno a los poblados, probablemente reforzados con empalizadas de madera, signo inequívoco del incremento de la violencia política.

Las pinturas de guerra

Además, para fundamentar el origen neolítico de la guerra tenemos un testigo de excepción de la época: las representaciones parietales macroesquemáticas. Las sociedades de agricultores y ganaderos, al igual que en el Paleolítico, fueron creadores de un arte que usando las paredes de las cuevas reflejó su cosmovisión. En la Península Ibérica ese arte se concentra en yacimientos de la zona de Levante (se conoce como arte levantino). En ocasiones estas sociedades neolíticas reflejaron escenas bélicas que constituyen un documento excepcional para rastrear el origen de la guerra.

En la Cova de Roures (Castellón) en uno de sus paneles observamos un enfrentamiento bélico desigual entre dos grupos de guerreros armados con arcos y actitud de ataque, sin que ninguno de los grupos dispare ni se observen heridos, posiblemente representando los momentos preliminares de la batalla. El grupo de la izquierda los forman 5 individuos y dos el de la derecha.

En otra cueva castellonense, el Barranc de les Dogues, el enfrentamiento bélico se hace patente. El campo de batalla presenta 27 guerreros divididos también en dos grupos desiguales, se observa munición de reserva y a uno de los guerreros huyendo herido con una flecha clavada en su muslo.

El Molino de las Fuentes (Albacete) ofrece una batalla masiva de hasta 37 individuos, con una composición más compleja que nos muestra algunos detalles de la estrategia. Una parte de los guerreros disparan como si desde una posición ventajosa dispararan desde un alto, mientras otros permanecen de pie y un grupo de retarguardia aguarda parapetado tras un muro.

Un aspecto diferente de la guerra lo tenemos plasmado en Cova Remigia (Castellón) o en Cueva de la Vieja de Alpera (Albacete) en que los dibujos simbolizan escenas de ejecuciones de prisioneros. Un pelotón de arqueros o bien disparan sobre los prisioneros o bien muestran su júbilo al caer abatidos por las flechas.